martes, 8 de marzo de 2011

Psicoanálisis casero

Yo de chica era muy fea. O me hacian pasar por. Viendo fotos, con el tiempo y con otra mirada, y con distancia, como quien opina de otra persona, no me veo fea, no yo. Feo era el hecho de que cada vez que me cambiaban las gafas, me tocara recibir la antigua montura de mi hermano. Fea era la putísima manía de hacerme ir siempre con el pelo corto (nunca jamás lo llevaré) y si a eso le añades una ortodoncia a los 13 años a ver quien es la Juditmascó que lo soporta... pues fea se queda.

Pensará usté señá Tomasa, que si mis padres eran pobres; pues no, no lo eran, y comprarme una montura nueva un poquito mona no les habria supuesto nada, pero mi padre era un fidelcastro y mi madre era una toleradora de fidelcastreces...

También es cierto que con cualquier montura unas gafas me habrían sentado mal ya que yo tenía tres mil dioptrias en cada ojo y unos cristales feisimos, pero digo yo que mas motivo para intentar compensar un poco el conjunto.

Crecí en una situación muy rara con el dinero: yo sabía que en casa había dinero, nos construyeron un chalet a la medida, mi padre se compraba un coche nuevo de vez en cuando... pero a mi me reciclaban las gafas y llevaba los pantalones que a mi hermano se le quedaban pequeños, y ademas de lo mal que me sentaban, lo que mas odiaba era esa señal del dobladillo desgastado...

Señá Tomasa, yo pasé toda mi infancia comiendo en el comedor del colegio, lo que encima suponía que no podía ir a casa al mediodia. Yo odiaba quedarme a comer en el comedor, y aunque intentaba compensarlo con un "porque mi madre trabaja" la cosa se me quedaba un poco endeble cuando alquien me preguntaba "¿y de que?" porque la unica respuesta que yo podia dar era 'ayudando a mi padre' o sea, que ni tenia de verdad un trabajo, ni tenia papeles ni nada, hacia un montón de horas en un trabajo chungo y todo "quedaba en casa"

Recuerdo muchas horas de soledad por los patios del colegio, de estar de 12 a 1 en la biblioteca para acortar el tiempo, recuerdo macarrones con atun, que frios aun estaban mas asquerosos y recuerdo como el rebozado de la pescadilla se reblandecía por el aliño aguado de la ensalada con la que la servían. Siempre era la ultima en salir del comedor.

Desde que HuevoFrito llegó a mi vida, como le decía el otro día, señá Tomasa, pienso en qué es lo que quiero para él, y en lo que no, y recuerdo mi propia infancia, y cuanto mas lo pienso y mas me acuerdo, mas rabia tengo. Creo que no tuve una infancia feliz, excepto algunos ratos. Acabé creándome mi propio mundo, supongo.

Fíjese usté señá Tomasa, por empezar por el principio del todo y guardar un mínimo orden, pues fíjese usté que al cabo de los años, con treintaypico años me enteré de que estando mi madre embarazada de mi, mi padre le atizaba. Hasta que alguien de la familia intervino. Y la sangre me hierve señá Tomasa. Una puede, pero ¿dos? No le doy ocasión de darme la segunda a uno que me pone la mano encima !embarazada! y... encima, seguir diciendo que le quieres, y no me creo que no habia nada mas que hacer, habria familia, o habria debajo un puente o habría yo-que-se.

Así por tanto comenzó mi vida intrauterina, con miedo, tensión, tristeza... oleadas de cortisol, imagino. Cuando yo nací, mi madre ya tenía un hijo de dos añitos, rubio, bueno, cariñoso, simpático... y llegué yo con mis negros pelos de punta, con la cara de la suegra, muy llorona (qué mala eras...) y el día que tuvimos que salir mi madre y yo de la clínica mi padre no vino a recogernos porque estaba ¡resfriado! y mi madre lloraba como una madalena. Qué razón, pero cuantisima razón tiene Laura Gutman ¿cómo no iba a llorar el bebé, si la pena y el dolor era lo que conocía?

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