martes, 29 de marzo de 2011

Veranos

Los meses de junio, y sobre todo los de julio, eran meses malos. Los meses de junio, por la tarde que no había colegio, y los meses de julio el día enterito, mi hermano y yo teníamos que pasarlos en el trabajo de mi padre, para que mi madre estuviera allí "ayudando" es decir, trabajando como uno mas, con la diferencia de no tener sueldo ni seguridad social ni reconocimiento alguno. Vaya días que pasábamos allí entre máquinas, ruido, mugre y mierda. Nos refugiábamos en tebeos y lecturas que leíamos por algún rincón, en la ilusión de ir a media tarde al kiosko con un duro a comprar alguna golosina, en escaparnos los jueves un ratito al mercadillo, que era un momento maravilloso de libertad. Concretamente yo me refugiaba en un cuartucho de mala muerte con la misma o mas cantidad de mierda que el resto y hacía lo que podía con el 'material de oficina'... mientras otras niñas iban aburridas y obligadas a mecanografía, yo tecleaba interminables hojas de atrás de asdfg y qwert, porque era lo que me contaban que hacían, y así con aquella olivetti pasaba el rato. Los meses de julio eran aun peor porque pasábamos alli el día entero... a las dos en punto se paraba y colocábamos una mesa y entre maquinarias y virutas nos comiamos lo que mi madre habia cocinado la noche anterior, que a esas alturas ya tenía un inevitable regustillo a tuper... mi padre comía rápido y jamás un segundo antes de la hora, el tiempo es oro, debía de pensar, o mi tiempo es mi oro, como se demostró después. Para los hijos quedaba la medalla de plata. Comía rápido y descansaba o dormía hasta las tres, jamás un segundo después, no era ningún vago, no señor... nosotros tres nos íbamos antes, alguien tenía que recibirle con las zapatillas en la mano y la cena en la mesa; yo me iba contenta de tener una madre que sabía conducir, cuando casi ninguna sabía... todas las tardes de vuelta a casa pasábamos en el coche por una tienda de cuadros de pintura, y esos segundillos eran mi mejor momento del día. Nunca me atreví a pedir que parásemos, no se porqué. El último día del mes de julio se le colocaba la guinda al pastel: era el día de hacer la limpieza general y a todos nos tocaba hacer algo. No se si algún día entenderé todo aquello, qué tanto dinero ganaba como para empantanarnos en toda aquella mierda, dinero que se supone amasaba para nosotros y que un buen día se llevó de un plumazo, pero ni todo el dinero del mundo me devolverá ya aquellos veranos perdidos

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